REPORTAJE DE LA TERTULIA
 

 

  A REPORTAJES   

CRÓNICA DE LA TERTULIA DE HOY EN TORNO AL LIBRO

"Aquel viernes de julio" de Manuel Machuca

Manuel Machuca. Doctor en Farmacia por la Universidad de Sevilla. En su vertiente literaria ha publicado relatos en varias revistas especializadas y artículos en diarios y revistas de contenidos generales.

Después de su primera visita formando parte del grupo de sus colegas de profesión que nos presentaron sus Relatos de farmacéuticos, nos acompañaba de nuevo, esta vez en solitario, Manuel Machuca. Cuando leí el título de la obra, sin conocer aún su argumento, me llevó inmediatamente a la memoria colectiva del mes de julio por antonomasia que marcó a varias generaciones y aún sigue siendo objeto de controversias, afortunadamente sólo dialécticas.

La obra de Manuel Machuca, como él mismo dijo, no es una novela histórica, ni romántica, pero a juicio del que suscribe estos comentarios, los recorre transversalmente, pues a cada tertuliano, como se puso de manifiesto en el coloquio, le sugería aspectos muy variados en función de sus vivencias personales. Así, para algunos podría encuadrarse como ensayo sociológico de una situación en la Sevilla de los inicios de la Guerra Civil, que más que guerra directa se vivió desde el principio como una larga posguerra. Para otros contenía diálogos y situaciones que podrían ser el embrión de un guión para ser llevado al cine o al teatro.

El autor asintió que la obra era interiorizada por los lectores de muy diversas formas en función de su residencia y de su historia, y leyó algunos ejemplos de los comentarios recibidos en su. "blog". Es curioso observar como los que procedían de países latinoamericanos (numerosos), también reflejaban aquella diversidad, así; los lectores de Centroamérica resaltaban más la historia de amor o las relaciones entre los personajes; los procedentes de Argentina u otros países que han sufrido dictaduras y levantamientos militares se veían reflejados en la trama de la narración pues, desgraciadamente, los errores humanos colectivos han recorrido toda la geografía del globo terráqueo a lo largo de la historia (persecuciones y martirios de cristianos, eliminación de cátaros y templarios, procesos inquisitoriales a heterodoxos, campos de exterminios, gulags, genocidios de pueblos (Ruanda, Burundi, etc.). desaparecidos (España, Argentina, Chile, etc.)

Al desarrollarse la narración en Sevilla, y aunque los personajes centrales son ficticios excepto aquellos que con sus hechos y comportamientos confeccionaron páginas de nuestra historia reciente, no podía ser de otra manera que todos reconozcamos en los personajes, vivencias directas o reconocibles pues las fuentes de información del autor

han sido: por un lado, las hemerotecas para construir con realismo el marco de la época donde se desarrolla el argumento de la narración; por otro, la transmisión oral recabada, en su farmacia, de personas que sufrieron en carnes propias o de su entorno, transgresiones de numerosos derechos que hoy se recogen en la Declaración Universal de Derechos del Hombre (1948). Y es que en aquellos momentos la realidad superó a la ficción, como atestiguó una compañera de tertulia que expuso el caso de su abuelo paterno, profesional de la abogacía, fusilado por venganzas personales de otros colegas, a los que se les "fueron de las manos" lo que pretendían que fuera un "susto". ¡Cuánto parecido a la relación de Borja con sus amigos/compañeros!

Como define el autor, el personaje central, Borja, representa el ansia por buscar su identidad en una sociedad bipolarizada donde unos pocos poseían mucho y otros muchos poseían muy poco o nada, pero todos compartían en gran medida la falta de formación: por una parte una enorme tasa de analfabetismo y por la otra parte una alta proporción de "cultos iletrados", preocupados sólo por una vida hedonista, sin importarle el desarrollo que transformara la sociedad. En la tertulia se planteó si, ante esta realidad social que atravesó el siglo XIX y gran parte del XX, era inevitable la confrontación debido a la radicalización de los dos polos, que llevaron a cabo desmanes de todo tipo.

Borja, arrastrado por el ¿enamoramiento? ¿encaprichamiento? hacia Rosario encuentra otra realidad que hace que sus cimientos de clase se tambaleen. En el ansia de conocer y dar respuesta a sus nuevas preguntas, encuentra todas las grandezas y miserias de la condición humana, las cuáles no son patrimonio de ningún rango. El resultado de la búsqueda de su identidad lleva a Borja a un estado de soledad ya que no la encuentra totalmente en ninguno de los dos polos, separados metafóricamente, por el río que separa a Triana del resto de Sevilla, por más que él se ha erigido en el puente que quiere unir esas dos realidades, pero no hay apoyos para su tarea, porque aún no existe ese otro polo (clase media) que serviría de encuentro y dilución de las posturas radicalizadas.

P.S. Leyendo el libro me vino a la memoria un gran artículo del sacerdote, escritor y periodista José Luis Martín Descalzo, recogido en su libro "Razones para la alegría", que se titula "Constructores de puentes", que a los Borjas de la época le hubieran dado la luz que necesitaban en su búsqueda. Me permito la libertad de incorporarlo al resumen de la tertulia. Gracias por ello.

Manuel Fernández

Constructores de Puentes

De todos los títulos que en el mundo se conceden, el que más me gusta es el de Pontífice, que quiere decir literalmente constructor de puentes. Un título que, no sé por qué, han acaparado los obispos y el Papa, pero que en la antigüedad cristiana se refería a todos los sacerdotes y que, en buena lógica, iría muy bien a todas las personas que viven con el corazón abierto.

Es un título que me entusiasma porque no hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en el que tanto abundan los constructores de barreras. En un mundo de zanjas, ¿qué mejor que entregarse a la tarea de superarlas?

Pero hacer puentes ▬y, sobre todo, hacer de puente▬ es tarea muy dura. Y que no se hace sin mucho sacrificio. Un puente, por de pronto, es alguien que es fiel a dos orillas, pero que no pertenece a ninguna de ellas. Así, cuando a un cura se le pide que sea puente entre Dios y los hombres se le está casi obligando a ser un poco menos hombre, a renunciar provisionalmente a su condición humana para intentar ese duro oficio del mediador y del transportador de orilla a orilla.

Más si el puente no pertenece por entero a ninguna de las dos orillas, sí tiene que estar firmemente asentado en las dos. No «es» orilla, pero sí se apoya en ella, es súbdito de ambas, de ambas depende. Ser puente es renunciar a toda libertad personal. Sólo se sirve cuando se ha renunciado.

Y, lógicamente, sale caro ser puente. Este es un oficio por el que se paga mucho más que lo que se cobra. Un puente es fundamentalmente alguien que soporta el peso de todos los que pasan por él. La resistencia, el aguante, la solidez son sus virtudes. En un puente cuenta menos la belleza y la simpatía ▬aunque es muy bello un puente hermoso▬; cuenta, sobre todo, la capacidad de servicio, su utilidad.

Y un puente vive en el desagradecimiento: nadie se queda a vivir encima de los puentes. Los usa para cruzar y se asienta en la otra orilla. Quien espere cariños, ya puede buscar otra profesión. El mediador termina su tarea cuando ha mediado. Su tarea posterior es el olvido.

Incluso un puente es lo primero que se bombardea en las guerras cuando riñen las dos orillas. De ahí que el mundo esté lleno de puentes destruidos.

A pesar de ello, amigos míos, qué gran oficio el de ser puentes, entre las gentes, entre las cosas, entre las ideas, entre las generaciones. El mundo dejaría de ser habitable el día en que hubiera en él más constructores de zanjas que de puentes.

Hay que tender puentes, en primer lugar, hacia nosotros mismos, hacia nuestra propia alma, que está la pobre, tantas veces, incomunicada en nuestro interior. Un puente de respeto y de aceptación de nosotros mismos, un puente que impida ese estar internamente divididos que nos convierte en neuróticos.

Un puente hacia los demás. Yo no olvidaré nunca la mejor lección de oratoria que me dieron siendo yo estudiante. Me la dio un profesor que me dijo: «No hables nunca ‘a’ la gente; habla ‘con’ la gente.» Entonces me di cuenta que todo orador que no tienda puentes «de ida y vuelta» hacia su público nunca conseguirá ser oído con atención. Si, en cambio, entabla un diálogo entre su voz y ese fluido eléctrico que sale de los oyentes y se transmite por sus ojos hacia el orador, entonces conseguirá ese milagro de la comunicación que tan pocas veces se alcanza.

Entonces entendí también que no se puede amar sin convertirse en puente; es decir, sin salir un poco de uno mismo. Me gusta la definición que da Leo Buscaglia del amor: «Los que aman son los que olvidan sus propias necesidades.» Es cierto: no se ama sin «poner pie» en la otra persona, sin «perder un poco pie» en la propia ribera.

Y el bendito oficio de ser puente entre personas de diversas ideas, de diversos criterios, de distintas edades y creencias. ¡Feliz la casa que consigue tener uno de sus miembros con esa vocación pontifical!

Y el gran puente entre la vida y la muerte. Thorton Wilder dice, en una de sus comedias, que en este mundo hay dos grandes ciudades, la de la vida, la de la muerte, y que ambas están unidas ▬y separadas▬ por el puente del amor. La mayoría de las personas se crean vivas, viven en la ciudad de la muerte; tienen a muy pocos metros la ciudad de la vida, pero no se deciden a cruzar el puente que las separa. Cuando se ama se empieza a vivir, sin más, en la ciudad de la vida

Lo malo es que a la mayoría los únicos puentes que les gustan son los laborales.

 

 INVITACIÓN A LA TERTULIA 



CARTEL ANUNCIADOR

 

a la principal    al tablón